viernes, 10 de mayo de 2013

Poética / Kavafis



Hemos de estudiar nuestra lengua, porque nosotros no la conocemos. Qué ocultos tesoros tiene, qué tesoros. Lo que tenemos que pensar es cómo enriquecerla, cómo sacar a la luz lo que hay oculto en ella.


La flor florece un momento para luego no dejar de marchitarse (Omar Khayyam)
¿Qué hay de bello en este verso? Todas las flores se pasan. Esto es lo que sucede y lo que vemos. Es superfluo para un artista servirse de esto. Lo visible se ve con sólo observar un poco. El Arte es lo que el artista inventa.


El adjetivo debilita la expresión y es una debilidad. Hay cosas -un paisaje- que no tiene valor darlas con varios epítetos... El Arte consiste en darlo todo con sustantivos, y si se necesita un epíteto ha de ser leve.


Hay que tener cuidado de no olvidar que un estado anímico es verdadero y falso, posible e imposible a la vez, o más bien alternativamente. Y el poeta -que, incluso cuando trabaja de un modo más filosófico no deja de ser un artista- ofrece una cara, lo que no significa que niegue la otra, o incluso -aunque eso sea exagerar la cosa- desea hacer creer que la cara que él ofrece es la verdadera, o la que se revela más veces verdadera.


Muy a menudo la obra de un poeta no tiene sino un sentido vago, más bien sugiere unos pensamientos que han de ser llevados más allá por las generaciones futuras o por sus lectores inmediatos.


Si un pensamiento ha sido realmente verdad un día, el hecho de que resulte falso a la mañana siguiente no le priva de su pretensión de verdad. Puede que se haya tratado sólo de una verdad pasajera o mínima, pero si ha sido sentida intensa y seriamente merece ser acogida, tanto artística como filosóficamente.

                                                                  C. Kavafis

miércoles, 8 de mayo de 2013

Un diccionario intemporal



Hay escritores con los que uno se encuentra en un momento determinado de su vida y producen tal efecto que se quedan para siempre ahí, en un rincón de la memoria, discretamente, sin hacer ruido. Pasan los años y el recuerdo de aquel primer encuentro permanece indeleble. En mi caso, Slawomir Mrozek (Borzeçin, Polonia, 1930) es uno de esos escritores. 
Eran mis años de Universidad, hacia mediados de la década de los setenta del pasado siglo. Yo andaba enredado en aventuras y proyectos teatrales y mis dos fuentes fundamentales de lectura eran "Primer Acto", la revista irrepetible que dirigía José Monleón, y aquella especie de milagro editorial que fue la Colección Teatro de Ediciones Alfil, después Escélicer, que llegó a publicar cerca de ochocientos textos dramáticos. En "Primer Acto" leí Striptease y En alta mar; Tango y Feliz acontecimiento, en la Colección Teatro. Y en el Teatro Alfil, de Madrid, asistí a la representación de Emigrantes, con una interpretación memorable de José María Rodero y Agustín González.
Intenté leer otras obras de aquel peculiar dramaturgo polaco que combinaba magistralmente imaginación y sentido del humor y a quien la crítica relacionó enseguida con el teatro del absurdo; pero no pude: no estaban traducidas al español. Después, bastante tiempo después, supe que, además de dramaturgo, Mrozek es un excelente narrador, como lo prueban los títulos que Acantilado viene publicando desde 2001, entre los que destacan Juegos de azar, La vida difícil, El elefante  o La vida para principiantes, este diccionario intemporal compuesto por 39 relatos breves que remiten a otros tantos conceptos (desde ambición a verdad, pasando por democracia, mujeres o revolución) y cuya lectura no deben perderse si quieren pasar un buen rato leyendo (y pensando).
Aunque él asegura que nunca ha tratado de ser divertido, Mrozek -según Marcel Reich-Ranizki- "es un humorista y por eso se toma las cosas en serio. Es un autor satírico y por eso se ríe del mundo, porque quiere mejorarlo. Es un hombre que cultiva el absurdo y pone de manifiesto los contrasentidos, porque quiere provocar a la razón".
Lo dicho: no se lo pierdan.
                                                                           Julián

sábado, 4 de mayo de 2013

Antología parcial / 85






Hora novena del catorce de septiembre

Miro la hora, y mirándola
miro un puntiagudo trozo de metal
que apunta un número
y hace ángulo perfecto. Bien.
Los canales de televisión
alternativamente me recuerdan mi vida
y mis otras. Todas las otras
que buscaban cómo acabar el día.
Acabar la noche: acabar.
Ahora empiezo. Empiezo porque
una estúpida manía de controlar
la hora me sugiere un vacío:
este que no conocía. Este
que se ha colocado
entre la televisión y la esfera estúpida.
Un vacío que bloquea
mis ganas de salir o entrar.
Mis lentos pasos que: ¿adónde van?
Estos lentísimos, costosos, caros pasos
sobre arena, sobre piedras, sobre ciudades,
sobre sábanas, sobre oficinas, sobre bares,
sobre mi propia tumba si hubiese
muerto en un día como el de hoy.
La ventana, los tendederos, el afán
de querer escribir todo cuanto veo.
No lo que miro, sino lo que veo.
El precipitado cariño que de pronto
le ofrezco a un vaso. Y lo lleno.
Así no es la soledad: así es
lo que es así, y no me conmueve
que el amor supere la desidia,
porque nada supera a nada
estando aquí. Así, como quien
con un gesto inútil mira la hora
desvelando en esa geometría
cataclismos, deseos, partes de vida.
Partes de un todo que no sé.
Que no sé adónde lleva.
Y me duele esta quietud, a pesar
de andar y andar. Este
poco misterioso duelo: esta evidencia.

Concha García: Ayer y calles (1994)

miércoles, 1 de mayo de 2013

La crisis / Zizek


Nuestra posición natural es la hipocresía: deseamos algo pero preferimos no tener lo que queremos. Un ejemplo político brutal: hoy está de moda decir que la gente quiere tener voz, participar en política. No. La mayoría, no. Esto es lo problemático cuando se dice: “Necesitamos una ciudadanía más activa”. Que la gente debe participar en las decisiones, en reuniones, en sus comunidades locales, etcétera. No es así, salvo en situaciones de emergencia, en estos hermosos momentos de revueltas y demás. Pero en el largo plazo, lo que la gente quiere es un orden público, organización estatal, que las cosas funcionen y me permitan hacer bien mi trabajo.


Anna Parini


Los problemas que estamos confrontando no pueden ser respondidos por ningún sistema ético tradicional, antiguo. Tampoco la religión ni la ética secular estándar [...] Me parece que vivimos un momento de crisis ética, pero no me refiero a la queja habitual conservadora de la pérdida de valores. Me refiero a que estos valores están en crisis desde sus cimientos.


En todo el planeta, al capitalismo le está yendo mejor que nunca. ¿Pero qué es lo que está en crisis? El matrimonio interno entre el capitalismo y democracia se está desintegrando. Lo que está apareciendo hoy es una nueva forma de capitalismo, pero que ya no necesita a la democracia en el sentido europeo. Fíjate en China: los viejos comunistas totalitarios hoy parecen ser los mejores administradores del nuevo capitalismo [...] Si entráramos en un mundo que deje de ser ideológicamente europeo, entonces quizá tengamos una sociedad mucho más autoritaria.


Anna Parini
La democracia en su forma actual, la democracia multipartidaria institucional, no es suficiente para lidiar con los problemas. Lo principal es que al menos en algunos países europeos hay situaciones protorrevolu-cionarias. Sin embargo, no hay movimiento que pueda redireccionar esta profunda y agresiva insatisfacción hacia una dirección política mínimamente positiva. Si le preguntas a los manifestantes qué es lo que quieren, todo lo que recibes como respuesta es “queremos más dinero para salvar a la gente, más gente que ahorre dinero, más justicia, una vida digna”. Pero si le preguntas a los manifestantes: “Ok, pero ¿qué quieren, más específicamente? ¿Un capitalismo más keynesiano? ¿Más moderno?, inmediatamente recibes respuestas confusas.

El problema de la izquierda es que simplemente no puede formular un gran proyecto [...]  El capital trata desesperadamente de encontrar formas de prolongar esta etapa de lo privado, por no hablar de nuevas formas de apartheid, de los problemas que plantea la biogenética. Por eso, si no hacemos algo, si no hay una suerte de acción colectiva, pienso que, si las cosas siguen igual que ahora, nos estaremos acercando a una triste sociedad autoritaria, con apartheid, privilegios para algunos y otros males.

                                                                    Slavoj Zizek


Cfr.: "El humor del filósofo lacaniano", entrevista de Héctor Pavón a Slavoj Zizek, publicada en Ñ. Revista de Cultura, Clarín.com, 14 de abril de 2013.