¿Quién,
con un poco de conocimiento y una mínima experiencia, puede negar que, además
de mortales, todos somos, en mayor o menor medida, puntual o permanentemente,
estúpidos, tontos, imbéciles? Venga, no se esconda: admita usted que alguna que
otra vez se ha mirado al espejo y rabiosa o compasivamente se ha dicho a sí
mismo: eres imbécil. ¿Y cuántas veces ha oído un indulgente y cariñoso "no
seas tonto", o un áspero y tajante "eres estúpido"? ¿Formas de
hablar? Mejor, maneras de vivir, ¿no? Esto, en la intimidad o en el ámbito
privado, donde podemos resguardarnos, salvar la cara o intentarlo al menos.
 |
Stephanie Strasburg |
Fuera,
en la plaza pública, a plena luz del día, la cosa es bien distinta; quiero
decir que en la calle el asunto va en serio. Ahí, con los otros, con los demás,
¿quién puede sustraerse al influjo de la estupidez, a su ubicuidad, a su
capacidad para adoptar las formas más diversas? De hecho, en nuestra vida
social estamos permanentemente expuestos a comportarnos como estúpidos.
Hay
quien intenta evitar el percance o, si no lo consigue, procura enmendarse e
incluso no tiene reparo en reconocer que se ha comportado como un estúpido o
que lo que ha dicho ha sido una estupidez; hay quien, por el contrario, ni
advierte el incidente ni asume su estupidez, sino que persevera en la costumbre
hasta convertirla en un acendrado rasgo de su personalidad.
A
propósito, ¿la estupidez es un don natural o un logro, una conquista? ¿Hay
profesiones que favorezcan la estupidez más que otras? ¿Qué edad es la más
propicia para hacer el imbécil? ¿Es la estupidez una cuestión de género? Es
decir, ¿son los hombres como tales más estúpidos que las mujeres? ¿De dónde
sacamos ánimo y fuerza para sobreponernos a nuestra propia estupidez, para
preguntarnos cada día: cuándo vas a dejar de hacer el gilipollas?
 |
Ng Han Guan |
El caso
es que acabo de leer Elogio de la
estupidez (Cómplices
editorial), de Jean Paul, una de las figuras más destacadas de ese efervescente
período, a caballo entre el siglo XVIII y el XIX, en el que clasicismo y
romanticismo conviven en Alemania.
El tema
no es novedoso. Como señala Juan de Sola en el prólogo a la edición, "sobre
la estupidez se ha pronunciado casi todo el mundo. Raro es el año en que no
aparecen antologías y prontuarios repletos de citas sobre la bobería, la
imbecilidad u otras formas modernas de militancia en el reino de los
tontos". En estas mismas páginas, Claudio publicó una elocuente reseña
sobre la estupidez.
En Elogio de la estupidez, Jean Paul
convoca a gente de toda clase y condición, de los oficios y profesiones más
dispares, lerdos y sabios, cortesanos y burgueses, súbditos y gobernantes, filósofos
y poetas... "Todos los estamentos han compartido conmigo un poco de su
gloria", dice la estupidez a la que Jean Paul cede completamente la
palabra. "Hago feliz al estúpido tanto por la cabeza como por el corazón.
Cierto que no le ofrezco la sabiduría pero sí la creencia de que la tiene en su
poder. La falta de saber lo protege de todos los peligros que son la perdición,
temporal o eterna, del pensador".
Y
orgullosa de sí misma, añade: "¿Puede seguir ignorándose el alcance de mi
influencia en la felicidad de la gente, la grandeza de mi poder, que seduce
irresistiblemente al estúpido de ilustre cuna y lo sitúa junto al de baja
extracción, la grandeza de mi bondad, que no se olvida de ninguno de mis
adeptos, y la grandeza del elogio que por todo ello me merezco?".
 |
Reuters |
Tal y
como la pinta Jean Paul, la estupidez resulta casi entrañable. Actualmente sus
formas y maneras son desde luego muy distintas y ocupa un destacadísimo lugar
en todos los sectores y ambientes de la vida cotidiana: tribunales y
parlamentos, academias y universidades, consejos de administración o de
gobierno... Añádase a ello las generosas aportaciones, los prolíficos y
variados testimonios que cada día nos ofrecen los medios de comunicación de
masas y en los que adquieren un protagonismo especial políticos, tertulianos y famosos.
En su teoría de la
estupidez humana decía Cipolla que la
prosperidad de una sociedad depende exclusivamente de la capacidad de
los individuos inteligentes para mantener a raya a los estúpidos. Y advertía de
la alarmante proliferación de canallas y sinvergüenzas con un elevado
porcentaje de estupidez, especialmente entre los individuos que están en el
poder.
Desde
hace meses, cada viernes, cuando leo u oigo el resumen de las medidas
adoptadas por el Consejo de Ministros no puedo sustraerme a la idea de que
aquella advertencia se ha convertido ya entre nosotros en una rotunda y
lamentable evidencia.
Darío